El amanecer se filtraba con suavidad a través de las gruesas cortinas del hotel, dejando un rastro dorado en las paredes. La habitación olía a piel, a sábanas tibias, a esa mezcla única de descanso y amor compartido.
Kira despertó lentamente, como si emergiera de un sueño profundo en el que aún podía escuchar el eco de los latidos de su bebé en la ecografía. Parpadeó varias veces antes de darse cuenta de que estaba segura, cobijada en el pecho de Julian.
Él aún dormía, con un brazo rodeándola d