Julian caminaba al lado de Leo, ambos con café en mano, mientras recorrían una calle menos transitada del distrito artístico de la ciudad. Habían visto ya cinco locales, todos elegantes, modernos, pero cada uno más ostentoso y caro que el anterior. Julian no estaba convencido. Su idea no era abrir una galería para millonarios pretenciosos, sino un espacio donde el arte pudiera sanar, tocar almas, y ser accesible.
—No me gusta —dijo Julian al salir del siguiente local. Miró a Leo de reojo—. Esto