Julian caminó con el cuello levantado por el viento, el abrigo empapado por la lluvia que aún amenazaba con volver. Había tomado esa decisión sin pensar demasiado: iría a verla una vez más. A la mujer con la que siempre había podido apagar sus demonios en silencio. Aquella que no preguntaba, que no exigía cariño, que no lo miraba más allá de lo evidente. Una transacción rápida, sin emociones, sin vínculos. Porque sabía que después del matrimonio, aunque fuera solo un contrato, no se permitiría