La mañana que había empezado tan cálida se convirtió rápidamente en un trago amargo para Kira. Estaba en la cafetería, atendiendo como siempre con una sonrisa en el rostro, cuando entró una mujer rubia con tacones altísimos, perfume invasivo y un gesto arrogante que parecía querer aplastar todo a su paso. Desde el primer momento, Kira sintió su mirada llena de juicio.
—¿Tú eres la mesera? —preguntó la mujer, sin molestarse en disimular el desprecio en su tono.
—Sí, ¿puedo ayudarte? —respondió Ki