La mañana nació sin sobresaltos. En el patio interior, la fuente seguía hablando su idioma de agua, y la luz dorada del amanecer se filtraba por los celos arabescos, dibujando sobre la piedra sombras con forma de geometría viva. Kira sostenía a Damian en brazos, balanceándolo despacio, mientras Luka jugaba con un camello de madera que Ahmed le había regalado la noche anterior. Julian, con la camisa arremangada, ayudaba a preparar el té. Era una escena de quietud, de esas que parecen eternas has