Richard Blackthorne cerró el portón de su despacho con un golpe calculado. La pesada puerta de caoba dejó atrás a los asistentes, y el silencio de la sala lo recibió como un bálsamo. Encendió un puro, lo sostuvo entre los dedos y aspiró el humo con el aire de un hombre que acababa de ganar una partida importante.
Sobre el escritorio, los reportes de Migración lo esperaban como trofeos. Se sentó en la silla de cuero y pasó lentamente las páginas: cada detalle de la visita, cada anotación de los