La oficina principal de Blackthorne Corp. vibraba con la tensión habitual de cada mañana. Secretarias caminando a paso rápido, teléfonos sonando, trajes impecables, rostros fruncidos, sonrisas forzadas. Pero esa mañana, Leo avanzaba por el pasillo principal con una convicción que lo desmarcaba del resto. En una mano llevaba un sobre sellado. En la otra, una carpeta con documentos legales.
Cuando cruzó la puerta de la sala de reuniones ejecutiva, Marcus y Richard levantaron la vista. El primero,