Tutankhamun enfrentaba la elección más imposible de su joven vida: Traicionar su corazón por el bien de su reino, o condenar a miles a muerte por amor a una mujer.
La tienda real se alzaba solitaria bajo las estrellas del desierto, rodeada por el campamento militar que se extendía como constelación de puntos de luz en la arena. Dentro, el faraón de Egipto permanecía inmóvil ante la mesa de mapas, sus dedos trazando las líneas rojas que marcaban las posiciones enemigas. Tres días habían transcurrido desde que Hattusili, princesa hitita, había llegado con su propuesta de matrimonio político. Tres días durante los cuales cada amanecer le recordaba que el tiempo se agotaba como arena entre sus dedos.
—Su Majestad —murmuró el comandante Khaemwaset desde la entrada—. La princesa hitita solicita audiencia nuevamente.
Tutankhamun alzó la vista de los pergaminos. Las negociaciones habían continuado día tras día, cada conversación revelando nuevas capas de la compleja situación. Hattusili no er