Ankhesenamun llegó al campamento de guerra del norte cinco días después, cubierta de polvo del camino pero con fuego ardiendo en sus ojos que hizo que hasta los guardias más curtidos se apartaran instintivamente de su paso. Su túnica de viaje estaba manchada por la travesía, el cabello escapaba de las trenzas en mechones rebeldes, pero caminaba con la determinación de alguien que había cruzado medio Egipto con un solo propósito.
El primer guardia que intentó detenerla fue un veterano de múltipl