KELYRA
El castillo no era una construcción. Era un eco. Un lamento petrificado. Un grito que alguien, alguna vez, encerró dentro de paredes demasiado viejas como para seguir sosteniéndose por voluntad propia. Pero lo hacía. Se mantenía en pie como si el odio fuera cemento. Como si la memoria de lo que había sucedido entre esos muros fuera suficiente para evitar que colapsara.
Yo no caminaba por sus pasillos, era devorada por ellos.
Las paredes respiraban. No de forma literal, claro. Pero había