El silencio que siguió a las palabras de María fue tan espeso que parecía una sustancia viva, un manto oscuro que se extendía desde las paredes hasta las gargantas de los tres. Elías abrió la boca para decir algo, pero nada salió. Nerea sintió como si su estómago se hubiera desplomado dentro de sí misma; sus piernas temblaron tanto que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer.
—Eso… eso no tiene sentido —murmuró al fin, con la voz quebrada—. María… tú estás viva.
María no apartó