El fuego había ganado voz.
Y el silencio, temeroso de desaparecer, comenzó a buscar un cuerpo.
En las ruinas del norte, donde el invierno nunca se retiraba del todo, las montañas vibraban con un pulso antiguo.
Los monjes del hielo —herederos del culto de la quietud— abandonaban sus monasterios en busca de respuesta, pues el calor había comenzado a filtrarse incluso en sus criptas.
El hielo se derretía desde adentro, como si algo lo recordara.
Entre ellos se hablaba de una grieta:
una fisura neg