El amanecer trajo consigo un ajetreo inusual en el castillo. Desde muy temprano, las sirvientas corrían por los pasillos con telas preciosas, flores recién cortadas y listas interminables de tareas. El guardia mayor de Rhaziel, hombre de confianza y voz respetada en todo el reino, había dado la orden: había que preparar una boda real.
Los rumores se propagaron como fuego en la pradera. “El rey ha encontrado a su pareja destinada”, decían unos. “Al fin Su Majestad no estará solo”, murmuraban otr