El silencio en el despacho era tan espeso que ni las antorchas parecían atreverse a crepitar. Rhaziel permanecía de pie junto a la ventana, mirando la lejanía con los ojos encendidos como brasas. Sus manos, firmes detrás de la espalda, transmitían una tensión que ningún mortal se atrevería a interrumpir.
Kael, su guardia más cercano, aguardaba a unos pasos, con la armadura aún cubierta de polvo por los entrenamientos. A diferencia de Dorian, que temblaría en esa situación, Kael mantenía la voz