El carruaje avanzaba con paso firme, sus ruedas resonando contra el empedrado del camino que conducía a la capital de Umbraeth. A través de la ventanilla, Lyanna no apartaba la vista del horizonte. Poco a poco, envuelta en una neblina oscura que parecía surgir de la misma tierra, se erguía una silueta colosal. Al principio creyó que se trataba de montañas, pero al agudizar la vista comprendió que eran torres, altas y afiladas, unidas por murallas de piedra negra que parecían desafiar al cielo.