El Castillo de las Sombras había cambiado tanto que parecía otro lugar. Donde antes los muros exudaban un frío eterno y las ventanas dejaban pasar corrientes gélidas, ahora había calor humano, risas y un tímido pero firme aroma a flores. Risa había ordenado que los jardines fueran rehabilitados, y cada día, aunque el viento del norte aún cortara como cuchillas, los sirvientes encontraban consuelo al ver brotar los primeros lirios y rosales.
La joven, que ahora cumplía diecisiete años, caminab