El amanecer llegó sin color.
El cielo, cubierto de nubes, tenía un tono gris enfermizo que anunciaba tormenta.
En el horizonte, la luna aún no había desaparecido; se mantenía suspendida entre la noche y el día, partida en dos como si un filo invisible la hubiera rasgado.
Era un presagio.
El mundo se dividía junto con ella.
Rhaziel lo sintió antes de abrir los ojos.
Una presión en el pecho, un murmullo que no pertenecía al viento.
Se incorporó bruscamente. La habitación aún estaba en penumbra.
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