El silencio del amanecer pesaba como una sentencia.
Tras la tormenta de luz, el palacio había quedado inmóvil, cubierto por un polvo plateado que se adhería a cada superficie, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse en reverencia a lo ocurrido.
Noctara se mantenía de pie en el umbral de la torre, la mirada fija en el cuerpo inerte de Rhaziel.
El sello ya se había desvanecido, pero el aire aún vibraba con su eco.
A su alrededor, los símbolos grabados en el suelo seguían desprendiendo