La sala del consejo estaba vacía. Solo quedaban las antorchas encendidas y el eco distante del viento que golpeaba las murallas del castillo.
El trono de obsidiana, con sus filamentos dorados, se alzaba imponente en el centro, iluminado por una llama temblorosa.
Rhaziel permanecía allí, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el mapa del reino extendido sobre la mesa. Su expresión era grave, pero en sus ojos ardía algo más que preocupación: una idea que llevaba días madurando en silencio