La luna iluminaba tenuemente los tejados de Veyra cuando Risa empujó con cuidado la ventana de su dormitorio en la academia. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que despertaría a todas las alumnas. Una última mirada a las paredes que habían sido su prisión durante años y luego saltó al vacío, cayendo con agilidad en el patio trasero.
Sus amigos huérfanos ya la esperaban. Eran tres: Darek, el mayor, siempre con el gesto serio y protector; Lio, delgado y travieso, con ojos que brillab