El eco del grito aún vibraba en los riscos cuando Kael levantó la mirada y vio, entre las sombras de las rocas, la figura encorvada del arquero que había lanzado la flecha maldita. Sus ojos ardieron con furia.
—¡Maldito seas! —rugió.
Con un movimiento seco, levantó su lanza y la arrojó con toda la fuerza de su cuerpo. El proyectil cortó el aire como un relámpago y atravesó el pecho del arquero. El enemigo apenas tuvo tiempo de soltar un alarido antes de caer al vacío, desapareciendo en la negru