El crepitar del fuego en la chimenea llenaba de calidez los aposentos reales. La noche había caído sobre el castillo, y en el silencio de aquellas paredes, Risa se encontraba recostada sobre el pecho de Rhaziel, escuchando el sonido fuerte y firme de su corazón. Era en esos momentos de quietud donde él se permitía hablar con sinceridad, sin el peso de la corona ni de la guerra sobre sus hombros.
—Risa —murmuró él, acariciando su cabello oscuro—. Hay algo que debo contarte, algo que he visto con