El amanecer bañaba el castillo con tonos dorados, como si quisiera ocultar bajo su luz la tormenta que se gestaba en los corazones. En la sala del consejo, Rhaziel aguardaba de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en las vidrieras que reflejaban escenas de antiguas batallas. No había convocado a todos los nobles, solo a uno: Lucian.
El primo entró con paso firme, aunque aún se notaba en su cuerpo la fragilidad de las heridas pasadas. Se inclinó en respeto.
—Me llamaste, majestad.
Rhazi