El salón del consejo estaba iluminado por cientos de velas que ardían en los candelabros de hierro forjado. El ambiente olía a incienso y cuero viejo, mezclado con el aroma metálico de las armaduras de los guardias apostados en cada rincón. Aquel día no era una reunión común; se respiraba un aire de expectación, como si todos intuyeran que Rhaziel tenía algo importante que anunciar.
El rey lobo se sentó en el trono principal, erguido, con la mirada encendida y la voz cargada de autoridad. A su