El silencio del castillo era más pesado que cualquier grito de guerra. Rhaziel caminaba por los pasillos de piedra con pasos lentos, las botas resonando en el eco interminable de las paredes. A su alrededor, los guardias inclinaban la cabeza al verlo, temerosos de cruzar su mirada.
Habían vuelto victoriosos de Elthuria. Otro reino sometido, otra corona arrojada al suelo. Pero en el pecho del rey no había orgullo, ni satisfacción, solo un vacío abrasador. En la soledad de su cámara, se dejó caer