El olor de la guerra impregnaba el aire. En el horizonte, el humo de las antorchas enemigas se alzaba como lenguas negras que devoraban el cielo. Rhaziel cabalgaba al frente de sus hombres, la capa ondeando tras él, la mirada fija, impenetrable. Sus soldados lo seguían en silencio, sabiendo que la calma de su rey era preludio de una tormenta.
A su lado marchaban sus dos guerreros de confianza: Kael, curtido en mil batallas, de mirada fría como el acero; y Darius, un coloso que manejaba la espad