El territorio incompleto no dormía.
No porque estuviera despierto, sino porque no conocía el concepto de descanso. Allí, las cosas no se detenían: simplemente permanecían en suspensión, como si el mundo hubiese inhalado y olvidado exhalar.
Risa caminaba detrás de la mujer del velo, sintiendo cómo cada paso la alejaba no del palacio, sino de la versión de sí misma que había vivido bajo certezas prestadas.
—Aquí no se usan nombres —dijo la mujer sin volverse—. Los nombres fijan. Y nada debe quedar fijo demasiado tiempo.
—Entonces dime cómo llamarte —respondió Risa.
Hubo una pausa.
—Llámame Custodia. Es suficiente.
Risa asintió. No preguntó más. Comprendía, cada vez con mayor claridad, que en ese lugar las preguntas mal formuladas eran más peligrosas que el silencio.
En el palacio, Rhaziel se encontraba en la torre oriental, solo.
La noche había caído, pero no trajo calma. Las estrellas parecían demasiado lejanas, como si algo las hubiera empujado hacia atrás. Apoyó las manos en la piedr