El camino que Risa eligió no figuraba en los registros recientes del reino.
No porque fuera secreto, sino porque había sido abandonado.
Las piedras del sendero estaban cubiertas de musgo negro, y la vegetación crecía torcida, como si el suelo recordara algo que el mundo prefería olvidar. El aire era más espeso allí, no por humedad, sino por memoria. Cada paso parecía remover capas de historia que nunca debieron quedar sepultadas.
Risa caminaba sola.
No por imprudencia.
Por necesidad.
Sentía la