La suave luz del amanecer se filtraba a través de las finas cortinas de los aposentos de la Reina Phoenix, lanzando un tenue brillo sobre la habitación. Phoenix estaba frente al espejo, sus hábiles dedos entrelazando su largo cabello en una generosa trenza. Cada movimiento se hacía con precisión casi ritual, mientras sus pensamientos vagaban por el silencio del ambiente. Su vestido de lino negro y su capa ligera de algodón marrón, cuidadosamente colocados sobre la cama, reflejaban el estado de