Phoenix se quedó helada. Su corazón latía con tanta fuerza que apenas podía escuchar algo más. El hombre frente a ella —de postura firme, ojos penetrantes y presencia imponente— era su padre. El padre que nunca había conocido, pero cuya sombra siempre había planeado sobre su infancia.
Él también parecía conmocionado, aunque mantenía el rostro controlado. Sus ojos, azules como los de ella, se fijaron en ella con una intensidad que la hizo encogerse involuntariamente. El parecido entre ellos era