Aidan
El aroma llegó antes que ellos. Un olor a tierra húmeda, a musgo podrido y a amenaza. Mi lobo se agitó bajo mi piel, reconociendo la esencia de intrusos en nuestro territorio. Estábamos en el porche trasero de mi casa, Noelia y yo, disfrutando de una rara tarde de calma después de días turbulentos. Ella sostenía una taza de té entre sus manos, con la mirada perdida en el bosque que se extendía más allá de mi propiedad. No tenía idea de lo que se acercaba.
Pero yo sí.
—Entra a la casa —ord