Maya sintió que la sangre se le congelaba ante la frialdad quirúrgica de sus palabras. La verdad, cruda y brutal, había caído entre ellos como una guillotina.
Las lágrimas, contenidas durante horas de tensión, desbordaron finalmente sus ojos. No eran lágrimas de culpa, sino de una angustia acumulada que ya no cabía en su pecho. El llanto le impedía respirar con normalidad, convirtiendo su confesión en un hilo de voz entrecortado.
—Lo hice... lo hice porque no aguantaba más, Alexander —sollozó M