Maya permanecía sentada en el frío banco de madera de la fiscalía, observando a Camila a través del cristal de la sala de declaraciones.
El ambiente olía a papel viejo asfixiante que solo servía para alimentar la culpa que le corroía las entrañas.
Recordaba perfectamente esa noche; Camila la había dejado en la puerta de su casa y, por puro cansancio, Maya no insistió en acompañarla. La dejó irse sola en ese taxi.
—Salí de la discoteca con mi amiga, la dejé en su apartamento y de ahí tomé camino