CAPITULO 33; INOCENCIA PERDIDA.
El saxofón seguía desgranando notas lentas en la penumbra del salón, pero el ritmo del baile se había vuelto una tortura necesaria. Alexander detuvo sus pasos, aunque no la soltó. Sus manos, ancladas en la espalda descubierta de Maya, quemaban.
La luz de las velas proyectaba sombras alargadas que danzaban sobre las paredes, envolviéndolos en un mundo donde solo existía el sonido de sus respiraciones entrecortadas.
Alexander la separó apenas unos centímetros para obligarla a mirarlo. Sus ojos ve