—Es él —susurró Maya, palideciendo.
—Adiós, amiga. Sé feliz —dijo Camila antes de que la pantalla se apagara.
Maya dejó el teléfono sobre el sofá y respiró hondo. Se arregló el flequillo con dedos temblorosos y caminó hacia la puerta. El sonido de sus tacones negros sobre el suelo de madera era el único ruido en el apartamento, marcando el ritmo del final de su inocencia. Se detuvo ante el pomo de la puerta, sintiendo el frío del metal contrastar con el incendio de su cuerpo bajo el vestido roj