La luz de la mañana no parecía la mañana. Era un resplandor alpino, blanco y plano, que rebotaba en la piedra caliza húmeda de la terraza y atravesaba el cristal roto de la ventana como una hoja de afeitar.
Para las seis en punto, el patio ya había sido fregado. Un equipo de seis hombres con monos de trabajo gris pizarra y sin marcas —hombres cuyos nombres no existían en el censo francés ni en las bases de datos de la policía internacional— habían utilizado mangueras industriales de alta presi