El solárium de Neuilly había sido despojado de sus tumbonas de mimbre y sus palmeras en macetas, transformado en un anexo quirúrgico improvisado que olía a ozono, alcohol de curar y té frío.
Eran las once de la mañana. Afuera, una luz solar pálida y lechosa golpeaba el techo de cristal curvo, proyectando el resplandor largo y sin sombras de mediados de otoño a través de la mesa de exploración de cuero.
Yo yacía reclinada sobre la rígida sábana de papel, con mi vestido de lana oscura desabotonad