La quietud que siguió al tiroteo fue peor que la lluvia de hierro. Era un silencio denso y estancado que olía a pizarra húmeda, a cobre quemado y a la manteca fría de la cocina de abajo.
Afuera, la niebla parisina finalmente se había deslizado por los alféizares, asentándose como una grasa baja y gris sobre las tablas del suelo. El patio de abajo estaba en silencio, salvo por el goteo metálico, constante y rítmico —drip-drip-drip— de la lluvia que corría por los canalones de piedra caliza destr