La calefacción en la parte trasera del SUV zumbaba, un sonido bajo y constante que vibraba a través del suelo y subía por mis tacones. El aire caliente y seco golpeaba mis espinillas, pero no podía dejar de temblar. Era ese tipo de frío que empieza en los huesos cuando te das cuenta de que tu vida acaba de terminar.Me senté lo más lejos posible de Dante, con el hombro pegado a la ventana. El cristal estaba helado, empañándose con mi respiración irregular. Afuera, Nueva York era solo un borrón de luces de neón y pavimento mojado, pero dentro del coche, el silencio era pesado. Se sentía como un peso físico sobre el pecho, haciendo que cada bocanada de aire fuera un esfuerzo.Dante no dijo ni una palabra. Ni siquiera me miró. Simplemente estaba allí, mirando al frente, con su perfil recortado por las luces de la calle. Parecía completamente tranquilo, mientras yo estaba sentada con un vestido Dior arruinado que olía a seda húmeda y a glaseado agrio de vainilla. Me sentía pequeña. Sucia.
Leer más