El aire en la biblioteca a las once y media no circulaba. Se asentaba entre los volúmenes encuadernados en cuero de derecho marítimo como un aislamiento gris, denso por el olor a pergamino viejo, a yeso húmedo y al toque agudo y cobrizo de mis propios suplementos de hierro.
Yo estaba sentada a la mesa de caoba, con las rodillas muy separadas bajo la lana oscura de mi vestido para dar espacio al peso enorme y bajo de mi estómago.
A las veintiocho semanas, el tercer heredero ya no era una sombra