El aire en la habitación no solo se enfrió; desapareció.
Sentí mis pulmones colapsar, mis costillas apretándose alrededor de un corazón que se negaba a latir. Dante permanecía paralizado, como la estatua de un hombre cuyo mundo acababa de ser golpeado por una bola de demolición por segunda vez en tres horas. Su mano aún flotaba cerca del cajón de la mesa de noche, pero sus dedos estaban congelados, inútiles.
Arthur Vane salió completamente a la luz.
No parecía un hombre que hubiera pasado veint