La oscuridad no era solo ausencia de luz; era un peso físico. En las entrañas del Banco de Prata, el aire se convirtió en una lana espesa y húmeda que llenaba mis pulmones. El sonido del lector de filmes al hacerse añicos todavía resonaba en las paredes de granito, un grito de cristal dentado que señalaba el fin de nuestra vida como presas.
—¡Claire! —la voz de Dante fue un rasguido gutural en algún lugar a mi izquierda.
—Estoy aquí —logré decir, apretando los microfilmes contra mi pecho como s