La lluvia en Lisboa no caía; se disolvía. Era una bruma fina y plateada que se aferraba a los adoquines del distrito de Chiado, convirtiendo las serpenteantes calles en un laberinto de sombras resbaladizas y secretos antiguos. Nos movíamos entre la multitud como fantasmas, envueltos en pesados abrigos de lana y anonimato. Tenía la mano hundida en el bolsillo, con los dedos apretados alrededor de la llave de latón. Estaba fría, más pesada de lo que debería, pulsando contra mi palma como un segun