El amanecer sobre Manhattan no trajo calor. Trajo una luz fría y clínica que exponía cada grieta en el mármol y cada sombra en nuestros ojos.
Me paré frente a los ventanales de la suite principal, observando cómo el cielo se teñía de un tono violáceo y anaranjado, como un moretón. Debajo de nosotros, la ciudad despertaba: un enjambre de personas que no tenían idea de que la dinastía que gobernaba su horizonte casi se había reducido a cenizas hacía tres horas.
Sentí el crujido del papel contra m