El Museo Metropolitano de Arte se alzaba al borde de Central Park como un templo de antiguos dioses, con sus grandes escalinatas de piedra atestadas por la élite de Manhattan. Esta noche no era solo una gala benéfica; era un teatro de guerra. La alfombra roja era un río de seda color sangre, flanqueado por una pared de fotógrafos cuyos flashes eran tan constantes que convertían la noche en un staccato de blanco cegador.
Cuando mi coche se detuvo junto a la acera, sentí una patada del bebé: un a