La puerta del coche se cerró de golpe, cortando el rugido de los paparazzi como una guillotina.
Dentro del Maybach, el silencio era un peso físico. Estaba cargado con el olor a ozono, a cuero costoso y a la furia fría y afilada que vibraba desde Dante. Él estaba sentado en las sombras del asiento trasero, su rostro iluminado solo por las luces de los postes de la Quinta Avenida. Cada destello revelaba una nueva fractura en su expresión: rabia, agotamiento y una clase de orgullo aterrador.
Yo es