El aire en el despacho era lo suficientemente espeso como para asfixiar a cualquiera. Dante no se había movido de la ventana; su silueta estaba grabada en la luz fría y azul de un amanecer en Manhattan que se sentía más como un final que como un principio. La confesión sobre el incendio —sobre las cintas— colgaba entre nosotros como un cable fino y vibrante. Un paso en falso y el mundo entero estallaría en llamas. Otra vez.
—Un escándalo —raspó Dante, su voz sonaba como si hubiera sido arrastra