Mundo ficciónIniciar sesión—Puedes odiarme —dijo Nico, deteniéndose en el umbral de la sala principal sin girarse hacia ella—. Pero sigues siendo mía.
La mañana había llegado con una luz fría y horizontal que entraba por los ventanales de piedra y caía sobre el suelo de baldosas como una acusación. Ginevra llevaba despierta desde las tres, con la confesión de Nico repitiéndose en su mente como una frase en un idioma que entendía a medias: fui quien intentó impedirlo. Cuatro palabras que no absolvían nada pero que abrían una grieta en la certeza con la que había entrado en esa casa, y las grietas, había aprendido, eran siempre más peligrosas que los muros.
La convocatoria había llegado a través de Rosaria, con la misma voz monocorde de siempre: el señor Rinaldi quería verla en la sala principal a las ocho en punto. Ginevra había bajado puntual, con la espalda recta y el documento doblado en el bolsillo interior de su chaqueta, donde seguía desde la noche anterior. Una pequeña declaración de guerra que nadie podía ver pero que ella sentía contra su pecho como una segunda costilla.
No había imaginado que estarían todos.
La sala principal de la casa de los Rinaldi era el lugar donde ocurrían las cosas que importaban: las decisiones, los tratos, las sentencias. Era una habitación alargada con un techo abovedado y una mesa de roble oscuro en el centro, alrededor de la cual se distribuían, con esa informalidad estudiada de quienes se conocen desde hace demasiado tiempo, los hombres que conformaban el círculo interno de la familia. Siete en total. Matteo entre ellos, con su postura desganada y su manera de ocupar el espacio como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
Todos la miraron cuando entró. Y en esas miradas, Ginevra leyó lo que ya sospechaba: la escena del despacho de la noche anterior no había permanecido en el despacho.
—Encontraron a la señorita Moretti en el archivo restringido del tercer piso —anunció Nico, tomando su lugar al frente de la mesa sin el menor gesto de incomodidad—. Sin autorización. Con documentos internos de la familia en su poder.
El silencio que siguió fue del tipo que pesa. Ginevra permaneció de pie junto a la puerta, con las manos quietas a los costados, obligándose a no mirar a ninguno de ellos en particular y a no dejar que su expresión revelara nada que no hubiera decidido revelar.
—En esta casa —continuó Nico, y su voz recorrió la sala como el filo de algo muy afilado—, las personas que pertenecen a la familia conocen sus límites. Y las personas que no pertenecen a ella los aprenden. De una manera o de otra.
Uno de los hombres mayores, de barba gris y ojos pequeños y calculadores, soltó una risa corta que no tenía nada de divertida.
—¿Y cuál es el castigo para la deuda cuando roba lo que no le corresponde? —preguntó, mirando a Ginevra con una expresión que la reducía a un problema logístico.
Fue Matteo quien respondió antes de que Nico pudiera hacerlo, inclinándose hacia adelante sobre la mesa con esa sonrisa suya que era siempre un milímetro más ancha de lo conveniente.
—Depende de lo que haya encontrado —dijo Matteo, y sus ojos se movieron hacia Ginevra con una lentitud deliberada—. Y de cuánto esté dispuesta a dar a cambio de que nadie hable de ello fuera de estas paredes.
La insinuación era tan explícita que no necesitaba elaboración. Ginevra sintió el calor subir por su cuello, no de vergüenza sino de una furia tan limpia y tan fría que por un momento fue lo único que existió en su cuerpo.
Pero antes de que pudiera responder, Nico se movió.
Dio tres pasos alrededor de la mesa con esa quietud suya que era más intimidante que cualquier gesto brusco, y se detuvo frente a Matteo con una proximidad que no dejaba espacio para interpretaciones. No lo tocó. No alzó la voz. Simplemente lo miró durante dos segundos que valieron más que cualquier amenaza pronunciada en voz alta.
—La señorita Moretti —dijo Nico, sin apartar los ojos de Matteo— está bajo mi protección contractual. Lo que significa que cualquier cosa que se le ofrezca o se le exija pasa primero por mí. ¿Queda claro?
Matteo sostuvo su mirada exactamente el tiempo suficiente para no parecer completamente derrotado, y luego recostó la espalda en su silla con un encogimiento de hombros que pretendía ser indiferencia y no lo era.
Rosaria le había entregado una copia del contrato completo dos horas después de la reunión, colocándola sobre su cama sin una sola palabra de explicación. Ginevra la había leído de pie, junto a la ventana de su habitación, mientras la luz del mediodía hacía que las palabras proyectaran sombras sobre el papel.
La encontró a Nico en el corredor del segundo piso, cuando él regresaba de ningún lugar en particular con el paso de alguien que nunca va a ningún lugar sin propósito. Se detuvo al verla. Y en ese corredor estrecho, con las paredes de piedra absorbiendo el silencio de la casa, la distancia entre ambos era tan pequeña que Ginevra podía ver la manera en que su respiración se acompasaba cuando la tenía cerca, esa fracción de segundo en que su pecho se expandía un poco más de lo habitual.
—¿Por qué me defendiste ahí dentro? —preguntó ella, sin preámbulos.
—Porque te compré —respondió él—. Y lo que es mío no se negocia en una mesa mientras yo estoy presente.
—Qué romántico —dijo ella, con una ironía tan afilada que podría haber cortado el aire.
Nico no sonrió. Pero algo en la comisura de su boca se movió, una fracción mínima, como si la sonrisa existiera en algún lugar dentro de él pero hubiera olvidado el camino hacia la superficie. Dio un paso hacia ella. Y luego otro. Y Ginevra no retrocedió, porque retroceder habría sido una forma de admitir que la proximidad de ese hombre le hacía algo que no estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Su mano se levantó con una lentitud que parecía deliberada, y sus dedos rozaron el borde de su mandíbula, apenas, con la misma precisión con que se toca algo que podría romperse o podría morder. Ginevra sintió el contacto como una descarga que le recorrió la columna desde el cuello hasta los talones, y algo en su interior tomó la decisión antes de que su mente pudiera vetarla.
Se alzó sobre las puntas de sus pies. Y lo besó.
No fue un beso suave. Fue el tipo de beso que ocurre cuando dos personas han estado acumulando demasiada tensión en demasiado poco espacio durante demasiado tiempo, y el cuerpo decide, sin consultar a nadie, que ya es suficiente. Sus labios chocaron con los de él con una urgencia que no era ternura sino reconocimiento, la confirmación física de algo que los dos habían estado negando desde el primer momento en que sus miradas se encontraron en aquella sala sin ventanas.
Nico correspondió durante exactamente tres segundos. Tres segundos en los que su mano se cerró sobre su mandíbula con una firmeza que no era violencia sino posesión, y en los que toda su arquitectura de control y frialdad se agrietó de una manera que Ginevra sintió contra sus labios como una confesión.
Luego se separó. Y la miró, con esa respiración alterada que ninguno de los dos podía fingir que no existía.
—Esto no cambia nada —dijo él, con una voz que sonaba más ronca de lo habitual y menos convencida de lo que pretendía.
Ginevra lo miró durante un momento largo. Sintió el calor de sus labios todavía en los suyos, y el peso del documento en su bolsillo, y los cuatro pasos que la separaban del corredor donde Matteo había aparecido esa misma mañana con sus ojos de depredador paciente.
Y sonrió. Solo un poco. Solo lo suficiente.
—Lo cambia todo —respondió ella.
Y entonces se giró, dio tres pasos en dirección a su habitación, y se detuvo.
—Mañana —dijo sin volverse— voy a necesitar acceso al archivo del sótano. El que Rosaria no mencionó en ningún momento.
—Ese archivo no existe —respondió Nico. —Exactamente —dijo ella—. Por eso necesito verlo.






