—Obedecer no es opcional —dijo Nico sin volverse, mientras subía los escalones de piedra hacia la entrada de la casa—. Es lo único que te mantiene viva aquí dentro.Ginevra cargó su propia maleta. Nadie le había ofrecido ayuda, y ella no la había pedido. La casa de los Rinaldi no era un palazzo de película, con fuentes de mármol y criados de librea: era una casona de piedra oscura, construida hace dos siglos sobre una colina pelada del interior de Calabria, con el tipo de solidez que no busca impresionar sino durar. Las ventanas eran estrechas como ojos entrecerrados. Las paredes absorbían la luz en lugar de reflejarla. Todo en ese edificio comunicaba la misma cosa: aquí no entran los débiles, y los que entran no salen sin permiso.Dentro, la recibió el silencio primero. Luego, las miradas.Había cinco hombres en la sala principal, distribuidos con la precisión informal de quienes comparten un espacio desde hace años. Dejaron de hablar cuando Ginevra cruzó el umbral. La observaron con
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