5

El sótano de la casa de los Rinaldi olía a piedra húmeda y a papel que llevaba demasiado tiempo guardando secretos. Ginevra lo había encontrado tres horas antes del amanecer, cuando la casa dormía con ese silencio denso y sin fisuras que tienen los lugares acostumbrados a ocultar cosas. La puerta había estado cerrada con dos llaves distintas, y la segunda de ellas la había obtenido de un lugar que no pensaba mencionar en voz alta todavía.

Matteo se la había deslizado sobre la mesa del desayuno esa misma mañana, sin mirarla, mientras removía su café con una calma que era, en sí misma, una forma de declaración. La había dejado caer junto a su taza con un gesto tan casual que cualquier observador habría pensado que era un objeto sin importancia. Y luego había dicho, en voz muy baja, sin dejar de mirar su taza:

—El sótano que no existe tiene dos cerraduras. La primera la tiene Rosaria. La segunda… ya la tienes tú.

Ginevra no le había preguntado qué quería a cambio. Los dos sabían que esa conversación llegaría. Los dos habían decidido, tácitamente, posponerla.

* * *

El sótano era una sola habitación larga, con estanterías de metal a lo largo de ambas paredes y una bombilla desnuda que colgaba del techo proyectando una luz cruda y sin piedad sobre todo lo que iluminaba. No había ventanas. El único aire que entraba provenía de una rejilla de ventilación en el techo, desde donde llegaba el frío de la madrugada calabresa con una puntualidad que parecía deliberada.

Ginevra había comenzado por el año del contrato original entre los Moretti y los Rinaldi. Luego había retrocedido cinco años. Luego diez. Las carpetas estaban organizadas con una meticulosidad que revelaba a alguien que valoraba el control sobre la información tanto como otros valoraban el dinero. Nombres, fechas, cantidades, anotaciones marginales escritas con una letra apretada que Ginevra ya reconocía como la de Nico.

Fue en la carpeta marcada simplemente con las iniciales C.M. donde lo encontró todo.

Extracto — Archivo interno Rinaldi · Referencia C.M. · OctubreCarlo Moretti había accedido, mediante fuentes no identificadas dentro de la familia, a los registros completos de la operación Castellano de los años anteriores. Dichos registros documentaban acuerdos de tráfico de influencias entre la cúpula de los Rinaldi y los Castellano, incluyendo pagos, nombres de funcionarios implicados y fechas exactas de transferencias. El señor Moretti había contactado a tres de los firmantes para negociar su silencio a cambio de una deuda saldada. La propuesta fue rechazada en reunión interna con seis votos a favor y uno en contra. La resolución fue declarada de honor y ejecutada en la fecha indicada. Responsable de ejecución designado: N.R. Voto disidente registrado: N.R.

Ginevra leyó el párrafo dos veces. Luego una tercera, porque la primera vez que algo te destruye el mundo no siempre eres capaz de procesar lo que estás viendo con la velocidad que la situación exigiría.

Su padre había sabido todo. No había tropezado con un secreto por accidente, sino que lo había buscado con la intención de usarlo como moneda. Había intentado negociar con seis hombres que no negociaban, y había perdido con la limpieza fría de quien conoce las reglas y las aplica sin drama. Y Nico, que había votado en contra, había sido designado responsable de la ejecución de todas formas. Seis votos contra uno. En esa familia, el uno no cambiaba nada salvo el registro histórico de su propia conciencia.

Se preguntó, con una claridad que dolía, si eso lo hacía inocente o simplemente lo convertía en el tipo de hombre que obedece aunque no quiera. Y se preguntó también, con la misma claridad y el mismo dolor, si había diferencia.

—No vine a salvar su nombre —dijo en voz alta, aunque no había nadie en el sótano para escucharla—. Vine a enterrarlos a todos.

Su propia voz resonó contra las paredes de piedra y regresó a ella ligeramente distorsionada, como si el eco quisiera preguntarle si todavía creía en eso.

* * *

Lo encontró en el corredor del primer piso, al pie de las escaleras del sótano, como si hubiera estado esperando en ese lugar exacto desde hacía tiempo. Llevaba puesto todavía el traje de la noche anterior, y tenía esa expresión de alguien que no ha dormido no porque no haya podido, sino porque ha elegido no hacerlo.

Ginevra no aminoró el paso. Se detuvo frente a él y depositó la carpeta sobre su pecho, sosteniéndola con la palma de su mano abierta hasta que los dedos de Nico se cerraron sobre ella de forma instintiva. Luego retiró su mano y lo miró con una calma que le había costado los últimos veinte minutos construir, escalón por escalón, mientras subía desde el sótano.

—Seis votos a favor —dijo—. Uno en contra. Y luego obedeciste igualmente.

Nico abrió la carpeta. La recorrió con los ojos durante un segundo que fue demasiado breve para ser una primera lectura y demasiado largo para ser una revisión. Lo que significaba que no era la primera vez que leía ese documento, sino que estaba calculando cuánto había visto ella.

—¿Dónde conseguiste la segunda llave? —preguntó, y su voz era completamente plana, completamente controlada, lo que la hacía más elocuente que cualquier alteración.

—Eso no es lo que importa ahora —respondió Ginevra.

—Importa más de lo que crees —dijo él, cerrando la carpeta con una lentitud que era en sí misma una amenaza—. Porque la única persona en esta casa que podría haberte dado esa llave tiene sus propias razones para hacerlo. Y ninguna de ellas te beneficia a ti.

La advertencia era genuina. Ginevra lo supo porque era exactamente el tipo de cosa que un hombre que quisiera protegerse a sí mismo no diría. Sin embargo, no había terminado con él todavía.

—Tu voto fue el único en contra —dijo, acercándose un paso—. Y aun así ejecutaste la orden. Así que dime, Nico: ¿eso te hace mejor que los otros seis… o simplemente más cobarde?

La mandíbula de Nico se tensó con la brusquedad de algo que se rompe hacia dentro. Sus ojos, que habitualmente sostenían las cosas con esa frialdad de inventario, se cargaron de algo que Ginevra no había visto en ellos antes: una furia que no era hacia ella sino hacia algo mucho más antiguo y mucho más difícil de combatir.

Ginevra abrió la carpeta una última vez y señaló la línea final con un dedo que no temblaba, aunque el resto de su cuerpo sí lo estaba haciendo, en algún lugar por debajo de la superficie donde nadie podía verlo.

—Si esto es cierto —susurró, mirándolo a los ojos—, tú elegiste el bando equivocado.

Nico no respondió de inmediato. Dejó pasar un silencio que era del tamaño exacto de diez años de decisiones irrevocables. Y luego, con una voz que era tan baja y tan cargada que Ginevra tuvo que resistir el impulso de retroceder, dijo:

—No tuve elección. Pero tú sí.

Una pausa. Sus ojos descendieron un instante hacia la carpeta y luego regresaron a los de ella con una intensidad que lo decía todo sin decir nada.

—Y ya la estás usando mal.

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